Aunque no es plantear el síndrome del nido vacío, que nos deja ante la ida de Marcelo Bielsa y Hardy Mayne-Nicholl, pero en estos tres años que transcurrió este proceso, trabajando duramente en búsqueda de concretar llevar a nuestra selección nacional a un mundial y con esto hacer participar a todo un país. Sacaron a un Chile centralizado por una economía individualista, que impone en la sociedad la competencia y el egoísmo.
Este entrenador rosarino nos lleva al mundo de las emociones y nos hace unirnos como nación, sacando de cada uno el orgullo de ser chileno, sentimiento de patriotismo que se logra cuando los países están en la cercanía de una guerra, en donde podemos recordar el discurso realizado por Benjamín Vicuña Mackenna para que se unieran al ejercito en defensa de nuestro país en la Guerra del Pacifico encendiendo el patriotismo a muchos que se embarcaron en esta empresa, o la arenga de Arturo Prat en la rada de Iquique que en el fervor de la batalla motiva a sus marinos a dar sus vidas por su país, enarbolando su bandera y su valentía en defensa de ella.
Bielsa volvió a encender el espíritu ganador y nos ayuda a encontrar nuestra nacionalidad y salir al mundo fuertes, sin temor a ningún rival, unidos por un equipo que todo el país identificaba como sus guerreros, que gracias a la preparación de su entrenador por ser un profesional reconocido le dio mística, seriedad y logros, recuperando la confianza en lo nuestro.
Esto es lo que se perdió con la ida de Marcelo Bielsa, con su ida, Chile ya no será el mismo y no se está refiriendo solamente al futbol, que quedara como una anécdota de cómo el egoísmo y la avaricia de algunos fariseos, lograron terminar con la esperanza y el futuro del futbol nacional, sino que esto va mucho más allá de una selección.
Tal vez es un fetiche, pero puede ser que la historia nos dé la razón.
Debemos comenzar nuevamente a sentirnos todos parte de una comunidad en donde lo mejor de nosotros nos una y nos de una identidad real.
Chile se lo merece.
Adiós, Marcelo Bielsa.
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